RESONANCIAS: RUIDO NEGRO. SOBRE CÁRCELES Y ENCIERROS

Foto © Jimena Royo-Letelier

Apuntes en torno al proyecto Líneas de Fuga, de Jimena Royo-Letelier & Jasmina Al-Qaisi

Por Francisco Sanfuentes | Artista visual y sonoro. Académico del Departamento de Artes Visuales de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile

Hemos hablado sobre el ruido de fondo, por ejemplo, que también debería ser de dentro de la cárcel porque envía un meta mensaje sobre cómo suena eso. ¿Cómo es el paisaje sonoro diario cuando uno se ve privado de libertad en la cima de una colina húmeda a menudo fría? 

Fragmento del diario – bitácora del proyecto Línea de Fuga

El Paisaje Sonoro no siempre se tratará de lo que oímos. Su vibración efímera es susceptible de ser registrada, luego escuchada y atesorada en la memoria y los dispositivos. El Paisaje Sonoro también se trata del silencio, de las voces mudas, lo que ha sido callado, silenciado y ahogado en recodos de una precaria intimidad en rincones de exclusión, encierro y padecimiento. Muchas veces el silencio de lo que no ha sido dicho deviene implacable elocuencia. ¿Cómo capturar esos instantes? ¿Acaso se puede registrar, describir el sonido de un paisaje despojado de lo que en esencia lo constituye en este caso?

Los pasillos, los patios, se pueden llenar a veces de risas, palabras triviales que rebotan encajonadas consigo mismas y se superponen entre ellas como tramados para ocultar el mutismo doloroso de la condena e intentar simular un cotidiano indeseado que permite sobrellevar la espera de un tiempo cada vez más brumoso y distante de ser en el mundo.

La niebla sonora del encierro puede ser acaso también un zumbido ensordecedor. Es el ruido negro de los patios. Soterrada entremedio, una voz suave y cariñosa sin pronunciarse tras esa mirada de párpados caídos. Un ahogado bullicio alegre de niños, congelado y sin timbre en la pequeña fotografía familiar que se atesora como rastro de otra vida. La memoria sonora de un débil gemido reprimido en labios apretados, mordidos al cortarse las muñecas para lograr ir a la enfermería un tiempo antes que sufrir el castigo del traslado a otro patio. El sonido imperceptible pero no por ello inexistente de ojos que parpadean como alas, antecediendo un decir deseado y necesario que sin embargo no sucederá y se quedará rebotando consigo mismo en el silencio de lo que tantas veces cuesta pronunciar.

¿Cómo es posible describir la resonancia interna de lo que se quiebra brutalmente en sordina como un continuo despiadado en el cuerpo de una madre privada de sus hijos? Acercándose tan sólo un poco a esto, pues hablamos de una experiencia tan difícil de intentar narrar desde afuera, Murray Schafer, en su texto Nunca vi un sonido, ha dicho que “se inventaron ficciones interesantes para pesar o medir sonidos; alfabetos, escrituras musicales, sonogramas. Pero todos saben que no se puede pesar un susurro o contar las voces de un coro o medir la risa de un niño”.

El Paisaje Sonoro también es lo lejano: en los patios de muros altos de las cárceles no llega el viento refrescante que agita las cosas y los campos de flores revelando sus simples y delicadas sonoridades. La ciudad, las calles, la acústica de la vida que se filtra por las ventanas de las casas de la “vida correcta” allá afuera es pura lejanía. La ciudad es ya casi una abstracción que se va quedando sin fisonomía. Son mujeres que han sido privadas del mundo, de sus pequeñas calles, rincones y tesoros. Sin embargo, lo que ha sido negado a la vista y al tacto aún se puede escuchar, quizás oler.

Ruido Blanco se le ha llamado a ese rumor constante que es la ciudad y que, a veces, sólo a veces, puede llegar a ser la manifestación sonora de su humanidad; otras veces no será más que frío rumor que la da la espalda. El sonido se disipa, se expanden sus ondas al tiempo que se van disolviendo, sin embargo, se puede conjeturar que nunca termina de desaparecer: ¿Acaso será posible creer que se escucha lo lejano? En la implacable contemplación de los muros de la interdicción la ciudad sí se podrá escuchar: el sonido de una tetera hirviendo en el frío, el crepitar de la loza de alguien que lava en un extraño momento de calidez y plenitud, la risa dibujada en los ojitos del pequeño nieto, el murmullo de las risas frente a un televisor como un Paisaje Sonoro imaginado, recordado.

II

En cárceles y espacios de encierro, del lado de “adentro del parche”, ahí donde se supura y sangra entre la precariedad y la negación, también habitan comunidades. El desarraigo y la privación quizás sean el último reducto de lo que alguna vez llamamos “comunidades”, frágiles mundos de cercanía y complicidad ante la atomización promovida por la maquinaria neoliberal fundada en la satisfacción individual y la desconfianza de “lo otro”, de “la otra”. Hay ahí, en el compartir, la misma desdicha de una conciencia, de ese espacio indeterminado de seguridad, de certezas, muchas veces de incertidumbre cotidiana, pero es también un campo afectivo que a veces sólo se puede percibir en el temblor, en la conciencia y complicidad e identificación de algún silencio, en la fragilidad  compartida de no estar ya en el propio mundo sino ante la frontera en su sentido más brutal de límite y negación, viviendo a metros del afilado corte que separa dos territorios, la apertura y el encierro, la ilusión de pertenencia a un todo y el desarraigo y privación de ese todo, el corte entre lo que se debe ocultar porque es “lo otro”, “las otras”.

Foto © Pajarx Entre Púas

La noción de cárcel se asocia históricamente a violencia, a exceso. Cualquier comportamiento asociado a los parámetros de la deshonestidad en muchos sentidos define formas desbordadas de la masculinidad que, si bien son merecedoras del repudio social, son asumidas con cierta familiaridad y como parte de las desviaciones normales de la trama social. Históricamente, aquello no sería lo propio de la mujer y, por tanto, el estigma es doble, la vergüenza social es doble. La historia, cierta historia contada a media voz y apenas escrita va dejando infames relatos a medio traspapelar de mujeres internadas en pseudo instituciones psiquiátricas por el solo hecho de haberse dejado llevar por su ansia de vida o su deseo, desborde que las lógicas del patriarcado definen como doblemente impropio y vergüenza familiar.

La cárcel es un artefacto social concéntrico acotado por marcas y estigmas que se exhiben como hito silenciado y marginado en la ciudad higiénica. Hay cicatrices, algunas ya enquistadas y otras abiertas, y malestares encapsulados en los cuerpos. Hay víctimas cotidianas; todo sigue sucediendo en el territorio de la interdicción social. Hay rastros, a veces sutiles e incomunicables del miedo, la violencia y la pérdida. El sonido de un llanto, de una risa proferida entre muros puede grabarse en las cavernas interiores del oído como la violencia de una luz que quema la retina y persiste sin que podamos medir su desaparición; se extiende como un velo invisible y aparentemente silencioso en los muros que cierran la mirada.

III

Cómo podemos eventualmente ser solo instrumentos que lleven sus voces más allá de la cárcel, siendo gentiles y cuidadosos con su pensamiento y el nivel de confianza que nos han brindado en este tiempo, permitiéndonos estar allí adentro, comunicándonos juntos.

Fragmento del diario-bitácora del proyecto Línea de Fuga

Cito a Sergio Rojas en su texto La Comunidad del relato [1]:

El colectivo de arte no se propone como resultado un saber que permita a un sujeto externo a esa realidad tomar decisiones y movilizar recursos (monetarios, políticos, técnicos) sino que subordina su intervención a los momentos que sirven al reconocimiento y constitución de la propia comunidad como sujeto de su historia. 

Se trata de vehicular el deseo de contar su historia, los propios afanes. Se trata de identidad, e identidad se constituye en el hecho de relatar. Las mujeres en cárcel decidieron describirse a sí mismas, cantar, expresar sus frustraciones, pero también su positividad junto con nosotras. Hemos editado cánticos, voces habladas y cantadas y las hemos arreglado para que se reproduzcan a través del altavoz.

Hay que volver permeables los muros, las rejas; que dejen de encapsular el silencio, que el ruido de la calle sea algo más que una niebla sonora que transcurre y cruza cotidianamente sobre sus cabezas. Establecer vasos comunicantes, fisurar el encierro. Llevar sus voces a la calle es resquebrajar el encierro, voces que en tanto pulsiones corporales son delicadas inflexiones y timbres que como cicatrices han sido moldeados por la vida, cicatrices significantes, palabras que significan cosas como mensajes, anhelos, para no ser olvidadas en su condición de “las otras”. Dejar salir la propia voz, “describirse a sí mismas”. Dejar la voz como un regalo resonando en las calles es echar a andar el poderoso mecanismo de la imaginación, de sentir que se está ahí: su voz, sus resonancias que también son su cuerpo, habitando las calles como si las recorrieran. El ser ahí de la voz como un regalo a la calle es un modo de existir en ella en cuerpo presente. La imaginación siempre será más poderosa: lo que ha sido imaginado se ha vivido, no necesariamente será algo por vivir.

IV

Foto © Pamela Barria

El proyecto Líneas de Fuga de Jimena Royo-Letelier & Jasmina Al-Qaisi, en colaboración con el colectivo feminista anti carcelario Pájarx Entre Púas, se trata de oídos atentos y de escuchar, de dejarse permear por los relatos sin llevar ninguna forma u operación previa de trabajo. Se trata sobre todo de recibir y vehicular esas historias que se agitan en lo oculto. Se trata de lograr constituir un espacio expresivo o de significación que las proyecte más allá de la filosa frontera. Sacar la voz, ser escuchadas, reivindicarse cada una desde los recovecos de su historia, siempre única, preciosa y plena de derechos como la de cualquiera allá afuera. Guardar las palabras de la pena, la rabia y la ilusión cotidiana; es la legitimación del deseo, la captura y visibilidad de esa densidad narrativa lo que finalmente les constituye como comunidad.

Primero participamos en la actuación realizada ante la Corte de Apelaciones de Valparaíso para reunirnos luego del cortejo con el resto de mujeres y organizaciones locales. El viaje fue muy emotivo, ya que las personas se dieron cuenta de que lo que estaban escuchando eran las voces de mujeres encarceladas, creando a veces momentos de silencio y retirándose.

Fragmento del diario-bitácora del proyecto Línea de Fuga

El Paisaje Sonoro ha cambiado. La ciudad ha escuchado lo que no quería escuchar, se ha poblado de voces ausentes, huellas sonoras que son la presencia insoslayable de la ausencia.

Con un pequeño volumen, discreto, caminamos con las voces y grabamos las voces de las mujeres privadas de libertad, encontrando las voces de los pájaros del parque.

Fragmento del diario-bitácora del proyecto Línea de Fuga

Pasear sus voces. Hay mucho de cariño y afecto en esto; salir a caminar con sus palabras hechas cuerpo, ahora fuera del bullicio de la ciudad, dejar que sus palabras dichas se vayan mezclando con los sonidos de la inocencia, imaginarlas de cuerpo presente respirando profundo en lo abierto, caminando sin límites, buscando pedazos de felicidad en la intemperie, formando parte y constituyendo a la vez un nuevo y delicado Paisaje Sonoro.

Quizás ahí no se trataba de que paseantes o transeúntes escucharan, era la precaria materialización del deseo de dejarlas fluir libremente en libertad tal como alguna vez llevamos la foto o un objeto de un ser querido que ha desaparecido a un lugar que dejó marcada su vida, y creer que él o ella está ahí, descansando, respirando el paisaje con nosotros. Luego, registrar esta conjunción de sonidos y esperar llevarla de vuelta a la cárcel para que escuchen sus voces acariciadas por el sonido de los pájaros, sentir en la imaginación sonora el espacio que se mueve alrededor, sonoridades que parecen no tener límites. Llevarlas a caminar unos instantes en un viaje imaginario. Ellas, sus cuerpos, de alguna manera estarán ahí.

Finalmente, después de esta presentación, hemos pedido a las personas que nos escucharon que se acerquen a nosotras y nos dejen un mensaje para las mujeres privadas de libertad (…) La gente se acercó a nosotros con mucho cariño y empatía y nos envió hermosos mensajes que fueron extremadamente cuidadosos y amables. Les han enviado poder para atravesar los momentos difíciles por dentro y les han asegurado que hay apoyo allí donde estamos.

Fragmento del diario-bitácora del proyecto Línea de Fuga

En el movimiento recíproco de la permeabilidad, entre medio de la fisura que ya se ha provocado también hay voces y palabras que comenzarán a invadir el Paisaje Sonoro del encierro. Lo que eran murmullos lejanos en sordina del afuera se comenzará a materializar en patios, rincones de intimidad. Escuchar una voz que viene del mundo que se les ha negado es materializar la resonancia de cuerpos afectuosos, cariños y calidez que tomaron la forma de ondas sonoras reproducidas en la monotonía del nido sombrío que es el interior. Imaginar rostros, imaginar vidas de las que quizás nunca antes se tuvo noticias, ahora en la presencia aérea del sonido como si de viento se tratase. Este gesto es traer a presencia la estima negada de anhelada extrañeza del afuera. No siempre es necesario oír para escuchar: la palabra es capaz de provocar resonancias internas; la palabra escrita, en tanto registro del cuerpo, está también plagada de timbres e inflexiones que como voces inundan la conciencia, acarician la subjetividad, lo que sea que uno sea y habita. La mirada que lee, habla y recita lo que lee, aquello que en el quiebre de la locura desplaza la palabra hacia su autonomía y vuelve la escucha una experiencia aterradora, aquí es la potencia de escuchar sin oír, oler y tocar en medio de las sinuosidades de las palabras trazadas que se van desgranando en la mirada y la conciencia.

V

En el hospital psiquiátrico José Horwitz de Santiago existe un pequeño grupo de pacientes, en su mayor parte esquizofrénicos, que hace años, con el apoyo y afecto del psicólogo Ernesto Bouey, fundaron la Radio Psiquiátrico, ahora Radio Estación Locura (entre múltiples y valiosas iniciativas de radios insertas en instituciones psiquiátricas, menciono ésta pues es la que he conocido de cerca).

Al principio sólo contaban con una grabadora manual de muy baja fidelidad y se reunían en torno a una mesa a hablar, a relatar sus cotidianos, a discutir en torno a las noticias del mundo que les llegaban del otro lado de los muros del encierro físico y/o farmacológico. Alguno tenía un programa de cocina donde enseñaba recetas; Oscar y José dejaban registrar sus a veces confusas voces con poesías que materializaban deseos de mundos posibles, amor por las cosas que constituyen lo que alguna vez quedó del otro lado de la frontera que se impone desde la razón. Nos hablaban sin saber ni tener constancia alguna de si los escucharíamos; esa pequeña grabadora era una pequeña ventana al mundo; sus voces podrían estar llegando a oídos imaginarios bajo la figura de decenas de podcasts que se amontonaban en una página web todos los lunes durante años.

Las ondas sonoras, en su inmaterialidad, cruzan y corroen la compacta firmeza de los muros. ¿Era necesario comprobar que alguien los escuchaba? Quizás si sólo bastaba con imaginarlo, pues el velo que los amortajaba se había roto. Ya no es la escucha de un psiquiatra, psicólogo o terapeuta, es el oído posible de cualquiera, una, un igual, sentirse un igual, sólo una persona que entrega su mundo y perspectiva hecha voz y sonido a otros que desinteresadamente y sin juicios podrán escuchar sus relatos. La oportunidad de relatar de cualquier modo, la articulación de la propia experiencia es volver a situarse en el centro y parte del mundo. Es sanarse y volver a existir y ser parte del afuera.

Observaba los muros desde la calle e imaginaba un constante de ondas invisibles permeando esa implacable altura y solidez de ladrillo. Incluso podía escuchar sin oír por sobre el Ruido Negro que se ahoga sobre sí mismo. Aún ahora, en la lectura de este texto, se puede imaginar las múltiples voces que trazan invisibles el espacio, dispuestas a contarte, a relatarte parte de sus vidas sin esperar nada a cambio, sabiendo que a veces sólo basta con imaginar ser oído.

(…) Estamos facilitando, nos estamos convirtiendo en un medio, parte de una acción colectiva donde trabajamos juntos, somos un cuerpo común y tratamos también de no ignorar nuestras subjetividades, nuestras motivaciones personales para estar juntos en esto.

Fragmento del diario-bitácora del proyecto Línea de Fuga

Líneas de Fuga se trata de aprender de mujeres habitantes del encierro, de dar luces al imperativo de una ética artística, de ese movimiento recíproco que se funda en el deseo de resquebrajar el silencio del encierro: develar, hacer públicas y visibilizar, dar palabra en el mundo a cuerpos que quieren ser olvidados por la mortaja social.

Foto © Jimena Royo-Letelier

¿Qué valor puede tener o merece tener un trabajo así? ¿Qué puede significar esto respecto de la vida y cotidianeidad que ahí se agita? ¿Puede incidir y, si es así, en qué estrato de esa complejidad que es ese territorio o comunidad y las subjetividades que la conforman?

Luego, es necesario preguntarnos por aquella vieja y necesaria relación arte/vida -cada vez más desplazada fuera del campo artístico-, medir hasta qué punto operaciones de naturaleza artística pueden incidir en la experiencia y dimensión vital de otras, de otros, y aportar en la materialización de la historia de las subjetividades o de una comunidad, “las pequeñas historias” que a nadie le importan, fuera de lo que Gabriel Salazar ha llamado con ironía los valores superiores que articulan políticamente la nación.

Sacar la voz es situarse, aunque sea fragmentariamente, en el centro de la propia narración. En suma, revalorizar la propia biografía, ya no sólo como una cadena de acontecimientos, exclusión y desgracias casi predeterminadas, sin ninguna capacidad de resignificación más que desde la culpa y el juicio de valor que siempre incide desde afuera, desde otro lugar que no es la experiencia particular de quien padece. 

Nos hemos hecho preguntas y hemos decidido experimentar juntos siempre teniendo en cuenta qué pensarían, harían las mujeres de adentro; cómo podemos hacer para que se beneficien de nuestras acciones.

Fragmento del diario-bitácora del proyecto Líneas de Fuga

Todo se trata de un intento, tan expuesto al fracaso como cualquier pulsión vital que proviene del arte. Nos movemos constantemente a merced de la falla, la indeterminación y la frustración. A veces, hasta de la inconsecuencia respecto de la pulsión que movilizó todo.

Finalmente, a pesar nuestro, damos la espalda a la cárcel, continuamos con nuestras vidas. Atrás de nosotros que miramos hacia otro lugar quedan ellas, cotidianamente sobreviviendo a la exclusión, privación de sus seres queridos, entre el tedio y la ansiedad de esa pequeña comunidad que lucha por no desmembrase desde su forzada constitución.

Nosotros allá afuera intentando pensar en qué significa, qué valor tiene lo que se hizo, lo que hicimos. ¿Logramos inscribirnos en alguna historia de esas vidas? ¿Se trata de eso? Si no fuera eso, entonces, ¿de qué se trata?

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[1] Sergio Rojas, Las Obras y sus Relatos II, Ediciones Departamento de Artes Visuales Facultad de Artes Universidad de Chile, 2009.

Photo © Jimena Royo-Letelier

Notes relatives au projet Ligne de fuite [Línea de Fuga, NdT], de Jimena Royo-Letelier et Jasmina Al-Qaisi.

Par Francisco Sanfuentes | Artiste visuel et sonore. Académicien du Département des Arts Visuels de la Faculté d’Arts de l’Université du Chili.

I

Nous avons parlé du bruit de fond, par exemple, qui devrait également provenir de l’intérieur de la prison car il envoie un méta-message sur ce à quoi cela ressemble. À quoi ressemble le paysage sonore quotidien lorsque vous êtes privé de votre liberté au sommet d’une colline souvent froide et humide ?

Extrait du journal de bord du projet Ligne de Fuite

Le Paysage Sonore ne sera pas toujours lié à ce que nous entendons. Sa vibration éphémère est capable d’être enregistrée, puis écoutée et conservée dans la mémoire et les appareils. Le Paysage Sonore, c’est aussi une histoire de silence, de voix muettes, de ce qui a été tu, réduit au silence, étouffé et noyé dans les méandres d’une intimité précaire, dans les recoins d’exclusion, d’enfermement et de souffrance. Souvent, le silence de ce qui n’a pas été dit devient une implacable éloquence. Comment capter ces moments ? Est-il possible d’enregistrer, de décrire le son d’un paysage dépouillé de ce qui dans ce cas le constitue par essence ?

Les couloirs, les cours, peuvent parfois se remplir de rires, de mots insignifiants qui rebondissent sur eux-mêmes et se superposent les uns aux autres entrelacés pour occulter le douloureux mutisme de l’incarcération, et tenter de simuler un quotidien non désiré qui permet de supporter l’attente d’un temps, de plus en plus brumeux et lointain, d’être dans ce monde.

Le brouillard sonore de l’enfermement peut aussi être un bourdonnement assourdissant. C’est le bruit noir des cours. Et là, ensevelie au milieu, une voix douce et affectueuse qui ne se prononce pas, derrière ce regard aux paupières affaissées. Un joyeux brouhaha d’enfants étouffé, figé et muet sur la petite photo de famille que l’on garde précieusement comme une trace d’une autre vie. Le souvenir sonore d’un faible gémissement réprimé par des lèvres serrées, que l’on mord en s’ouvrant les poignets pour aller un moment à l’infirmerie plutôt que de subir la punition d’un transfert dans une autre cour. Le son imperceptible mais pourtant non inexistant de paupières qui clignent comme des ailes, précédant un dire désiré et nécessaire qui ne viendra cependant pas et qui continuera à se faire écho à lui-même dans le silence de ce qui est si souvent difficile à prononcer.

Comment décrire la résonance interne de ce qui se brise brutalement en sourdine comme une continuité impitoyable dans le corps d’une mère privée de ses enfants ? Pour s’en approcher un peu plus, puisque nous parlons d’une expérience si difficile à raconter de l’extérieur, Murray Schafer, dans son texte Je n’ai jamais vu un son, a dit que “des fictions intéressantes ont été inventées pour peser ou mesurer les sons ; des alphabets, des écritures musicales, des sonogrammes. Mais tout le monde sait bien que l’on ne peut pas peser un murmure, compter les voix d’un chœur ou mesurer le rire d’un enfant”.

Le paysage sonore, c’est aussi le lointain : le vent rafraîchissant qui remue les choses et les champs de fleurs révélant ainsi leurs sonorités simples et délicates n’arrive pas jusqu’aux cours à hauts murs des prisons. La ville, les rues, l’acoustique de la vie qui filtre à travers les fenêtres des maisons de la “vie correcte” là-bas dehors, c’est l’éloignement absolu. La ville est désormais presque une abstraction qui perd sa physionomie. Ce sont des femmes qui ont été privées du monde, de ses petites rues, de ses recoins et de ses trésors. Cependant, ce qui a été refusé à la vue et au toucher peut encore être entendu, voire senti.

On a appelé bruit blanc cette rumeur constante qu’est la ville et qui, quelquefois, seulement quelquefois, peut devenir la manifestation sonore de son humanité ; d’autres fois, elle ne sera qu’une rumeur froide lui tournant le dos. Le son se dissipe, ses ondes se dilatent à mesure qu’elles se dissolvent, mais on peut cependant supposer qu’il ne finit jamais de disparaître : est-il possible de croire que le lointain peut être entendu ? Dans la contemplation implacable des murs d’interdiction, on peut entendre la ville : le bruit d’une bouilloire qui bout dans le froid, le cliquetis de la vaisselle que quelqu’un lave dans un étrange moment de chaleur et de plénitude, le rire qui se dessine dans les yeux du jeune petit-fils, le murmure des rires devant une télévision comme un Paysage Sonore imaginé, rappelé à la mémoire.

II

Dans les prisons et les espaces d’enfermement, là où se trouve la blessure ouverte que cache le bandage, là où la précarité et le déni suppurent et saignent, habitent aussi des communautés. Le déracinement et la privation sont peut-être le dernier bastion de ce que nous appelions autrefois “communautés”, des mondes fragiles de proximité et de complicité face à l’atomisation promue par la machinerie néolibérale basée sur la satisfaction individuelle et la méfiance de “l’autre”. Il y a là, dans le partage, la même détresse d’une conscience, de cet espace indéterminé de sécurité, de certitudes, souvent d’incertitude quotidienne, mais c’est aussi un domaine affectif qui parfois ne peut être perçu que dans le tremblement, dans la conscience, la complicité et l’identification d’un certain silence, dans la fragilité partagée de ne plus être dans son propre monde mais face à la frontière dans son sens le plus brutal de limite et de négation, de vivre à quelques mètres de la coupure affilée qui sépare deux territoires, l’ouverture et l’enfermement, l’illusion d’appartenir à un tout et le déracinement et la privation de ce tout, la coupure entre ce qui doit être caché parce que c’est “l’autre”, “les autres”.

Photo © Pajarx Entre Púas

La notion de prison est historiquement associée à la violence, à l’excès. Tout comportement associé aux paramètres de la malhonnêteté définit à bien des égards des formes débordantes de la masculinité qui, tout en méritant le rejet social, sont assumées avec une certaine familiarité et comme faisant partie des déviations normales du tissu social. Historiquement, cela ne serait pas le propre de la femme et, par conséquent, la stigmatisation est double, la honte sociale est double. L’histoire, une certaine histoire racontée à mi-voix et à peine écrite, laisse des récits infâmes dont peu de traces subsistent de femmes internées dans des institutions pseudo-psychiatriques pour le seul fait de s’être laissées emporter par leur soif de vivre ou leur désir, un débordement que les logiques du patriarcat définissent comme doublement inconvenant et honteux pour la famille.

La prison est un dispositif social concentrique délimité par des balises et des stigmates affichés comme point de repère réduit au silence et marginalisé dans la ville hygiénique. Il y a des cicatrices, certaines déjà incarnées,  d’autres encore ouvertes, et des malaises encapsulés dans les corps. Il y a des victimes quotidiennes ; tout continue à avoir lieu sur le territoire de l’interdiction sociale. Il y a des traces, parfois subtiles et incommunicables de peur, de violence et de perte. Le son d’un rire, d’un cri poussé entre les murs peut se graver dans les parois intérieures de l’oreille comme la violence d’une lumière qui brûle la rétine et persiste sans que l’on puisse en mesurer la disparition; elle s’étend comme un voile invisible et apparemment silencieux sur les murs qui ferment le regard.

III

Comment pouvons-nous éventuellement nous faire les instruments qui portent leurs voix au-delà de la prison, en étant aimables et attentifs à leurs pensées et au niveau de confiance qu’elles nous ont accordé en ces moments, en nous permettant d’être là, de communiquer ensemble.

Extrait du journal de bord du projet Ligne de Fuite

Je cite le texte de Sergio Rojas La Comunidad del Relato [1] [La Communauté du Récit, NdT] :

Le collectif artistique ne se fixe pas pour but un savoir qui permette à un sujet extérieur à cette réalité de prendre des décisions et de mobiliser des ressources (monétaires, politiques, techniques) mais il subordonne plutôt son intervention aux moments qui servent à la reconnaissance et à la constitution de la communauté elle-même comme sujet de son histoire.

Il s’agit de transmettre le désir de raconter son histoire, ses propres aspirations. Il s’agit d’identité, et l’identité se matérialise dans l’acte de raconter. Les femmes de la prison ont décidé avec nous de se décrire elles-mêmes, de chanter, d’exprimer leurs frustrations, mais aussi leur positivité. Nous avons édité des chants, des voix parlées et chantées que nous avons arrangées pour qu’elles soient transmises par le haut-parleur.

Nous devons rendre les murs et les clôtures perméables, pour qu’ils cessent d’encapsuler le silence, pour que le bruit de la rue soit autre chose qu’un brouillard sonore qui passe et repasse quotidiennement au-dessus de leurs têtes. Établir des vases communicants, fissurer le confinement. Porter leurs voix dans la rue, c’est briser l’enfermement, des voix qui à l’image des pulsions corporelles sont des inflexions délicates et des timbres qui comme des cicatrices ont été façonnées par la vie, des cicatrices significatives, des mots qui veulent dire des choses comme des messages, des espoirs, pour ne pas être oubliés dans leur condition de “les autres”. Laisser s’exprimer sa propre voix, “se décrire soi-même”. Laisser la voix comme un cadeau qui résonne dans les rues, c’est mettre en marche le puissant mécanisme de l’imagination, c’est sentir qu’on est là : sa voix, ses résonances qui sont aussi son corps, occupant les rues comme si elle les parcourait. L’être là de la voix comme un don à la rue est une manière d’y exister en présence réelle. L’imagination sera toujours plus puissante : ce qui a été imaginé a été vécu, ce ne sera plus nécessairement quelque chose à vivre.

IV

Photo © Pamela Barria

Le projet Ligne de Fuite de Jimena Royo-Letelier et Jasmina Al-Qaisi, en collaboration avec le collectif féministe anti-prison Pájarx Entre Púas, consiste à tendre l’oreille et à écouter, à se laisser imprégner par les histoires sans aucune forme ou opération préalable de travail. Il s’agit avant tout de recevoir et de transmettre ces histoires qui s’agitent dans l’ombre. Il s’agit de créer un espace expressif ou un espace de sens qui les projette au-delà de la frontière affilée. D’élever leur voix, d’être entendues, de faire valoir chacune d’entre elles depuis les méandres de son histoire, toujours unique, belle et riche de droits comme n’importe quelle femme du dehors. Garder les mots de la douleur, de la colère et de l’illusion quotidienne ; c’est la légitimation du désir, la capture et la visibilité de cette densité narrative qui les constitue finalement en tant que communauté.

Nous avons d’abord participé à la manifestation devant la Cour d’appel de Valparaíso pour retrouver ensuite le reste des femmes et des organisations locales après le cortège. La marche a été très émouvante, car les gens se sont rendu compte que ce qu’ils entendaient était la voix de femmes incarcérées, ce qui a ponctuellement créé des moments de silence et de recueillement.

Extrait du journal de bord du projet Ligne de Fuite.

Le paysage sonore a changé. La ville a entendu ce qu’elle ne voulait pas entendre, elle a été peuplée de voix absentes, de traces sonores qui sont la présence inéluctable de l’absence.

À voix basse, discrètement, nous marchons au milieu des voix et enregistrons les voix des femmes privées de liberté qui rencontrent les voix des oiseaux dans le parc.

Extrait du journal de bord du projet Ligne de Fuite

Promener leurs voix. Il y a beaucoup d’affection et de tendresse dans tout cela ; marcher parmi leurs mots qui ont pris corps, maintenant hors de l’agitation de la ville, laisser leurs mots exprimés se mêler aux sons de l’innocence, les imaginer bien présentes respirant profondément à l’air libre, marchant sans limites, cherchant des morceaux de bonheur dans l’intempérie, faisant partie et constituant en même temps un Paysage Sonore nouveau et délicat.

Là, l’important n’était pas que les passants ou les badauds les écoutent, c’était la matérialisation précaire du désir de les laisser circuler en liberté de la même manière que nous avons pu un jour emmener la photo ou un objet appartenant à un être cher disparu dans un lieu qui a marqué sa vie, et croire qu’il ou elle est là, qu’il se repose, qu’il respire le paysage avec nous. Puis, enregistrer cette combinaison de sons en espérant pouvoir les ramener à la prison pour écouter leurs voix caressées par le bruit des oiseaux, pour ressentir dans l’imagination sonore l’espace qui bouge autour d’elles, des sonorités qui semblent n’avoir aucune limite. Les emmener se promener quelques instants dans un voyage imaginaire. Elles et leurs corps y seront en quelque sorte présents.

Enfin, une fois la manifestation terminée, nous avons demandé aux personnes qui nous avaient écoutées de venir nous voir et de nous laisser un message pour les femmes privées de liberté (…) Les gens se sont approchés de nous avec beaucoup d’affection et d’empathie et nous ont envoyé de beaux messages extrêmement bienveillants et gentils. Ils leur ont envoyé du pouvoir intérieur pour traverser les moments difficiles et leur ont assuré qu’il y a du soutien là où nous sommes. 

Extrait du journal de bord du projet Ligne de Fuite

Dans le mouvement réciproque de perméabilité, au milieu de la brèche déjà ouverte, des voix et des mots vont aussi commencer à envahir le paysage sonore de l’enfermement. Ce qui jusque-là n’était que de lointains murmures étouffés venant de l’extérieur, va commencer à se matérialiser dans les cours, les espaces d’intimité. Entendre une voix venant du monde qui leur a été refusé, c’est matérialiser la résonance de corps affectueux, d’affection et de chaleur qui ont pris la forme d’ondes sonores reproduites dans la monotonie du nid sombre qu’est l’intérieur. Imaginer maintenant des visages, imaginer des vies dont on n’avait peut-être jamais eu connaissance auparavant, par la présence aérienne du son comme s’il s’agissait du vent. Ce geste consiste à attirer la présence de l’estime refusée de l’étrangeté tant désirée de l’extérieur. Il n’est pas toujours nécessaire d’entendre pour écouter : la parole est capable de provoquer des résonances internes ; la parole écrite, en tant que registre du corps, est elle aussi riche de timbres et d’inflexions qui, comme des voix, inondent la conscience, caressent la subjectivité, peu importe qui on est et où on vit. Le regard qui lit, parle et récite ce qu’il lit, ce qui dans la rupture de la folie déplace la parole vers son autonomie et transforme l’écoute en une expérience terrifiante, voilà le pouvoir d’écouter sans entendre, de sentir et de toucher parmi les sinuosités des mots tracés qui s’égrainent peu à peu dans le regard et la conscience.

V

À l’hôpital psychiatrique José Horwitz de Santiago, il y a un petit groupe de patients, pour la plupart schizophrènes, qui, il y a des années, avec le soutien et la bienveillance du psychologue Ernesto Bouey, ont fondé Radio Psiquiátrico [Radio Psychiatrique, NdT], aujourd’hui Radio Estación Locura [Radio Station de la Folie, NdT] (parmi les nombreuses initiatives radiophoniques de valeur implantées dans les institutions psychiatriques, je mentionne celle-ci parce que c’est celle que j’ai connue de près).

Au début, ils ne disposaient que d’un enregistreur portable de mauvaise qualité et ils se réunissaient autour d’une table pour parler, raconter leur vie quotidienne, discuter des nouvelles qui leur parvenaient du monde de l’autre côté des murs de l’enfermement physique et/ou pharmacologique. L’un d’entre eux animait une émission de cuisine où ils enseignaient des recettes; Oscar et José enregistraient leurs voix parfois confuses récitant des poèmes qui matérialisaient les désirs de mondes possibles, l’amour des choses qui constituent ce qui est un jour resté de l’autre côté de la frontière imposée par la raison. Ils nous ont parlé sans savoir ni même se poser la question de si nous les écouterions ; ce petit magnétophone était une petite fenêtre sur le monde ; leurs voix pouvaient éventuellement atteindre des oreilles imaginaires par le biais de dizaines de podcasts qui s’empilaient sur une page web chaque lundi pendant plusieurs années.

Les ondes sonores, dans leur immatérialité, traversent et corrodent la solidité compacte des murs. Etait-il nécessaire de prouver que quelqu’un les écoutait ? Peut-être suffisait-il de l’imaginer, car le voile qui les enveloppait s’était déchiré. Ce n’est plus l’écoute d’un psychiatre, d’un psychologue ou d’un thérapeute, c’est l’écoute possible de n’importe qui, de quelqu’un, d’un égal, de se sentir un égal, juste une personne qui livre son monde et sa perspective rendue vocale et sonore à d’autres qui, de manière désintéressée et sans jugement, peuvent écouter ses histoires. La possibilité de se raconter de quelque manière que ce soit, l’articulation de sa propre expérience, c’est se replacer au centre et faire partie du monde. C’est se guérir soi-même, revenir à l’existence et faire partie de l’extérieur.

J’observais les murs depuis la rue et j’imaginais une constante d’ondes invisibles imprégnant cette implacable hauteur robuste de briques. J’ai même pu écouter sans entendre le bruit noir qui se noie en lui-même. Même maintenant, en lisant ce texte, on peut imaginer les multiples voix qui se dessinent invisiblement dans l’espace, prêtes à vous dire, à vous raconter une partie de leur vie sans rien attendre en retour, sachant qu’il suffit parfois d’imaginer être entendu.

(…) Nous contribuons, nous devenons un moyen, une partie d’une action collective où nous travaillons ensemble, nous sommes un corps commun et nous essayons aussi de ne pas laisser de côté nos subjectivités, nos motivations personnelles pour être ensemble dans cela.

Extrait du journal de bord du projet Ligne de Fuite.

Lignes de Fuite, c’est apprendre des femmes qui vivent l’enfermement, c’est mettre en lumière l’impératif d’une éthique artistique, c’est ce mouvement réciproque qui repose sur le désir de briser le silence de l’enfermement : dévoiler, rendre public et visible, donner une voix dans le monde à des corps qui veulent être oubliés du linceul social.

Photo © Jimena Royo-Letelier

Quelle valeur une telle œuvre peut-elle avoir ou mériter d’avoir ? Que peut-elle signifier par rapport à la vie et au quotidien qui s’y agitent? Peut-elle avoir un impact et, si oui, sur quelle strate de la complexité qu’est ce territoire ou cette communauté et les subjectivités qui la composent ?

Il faut alors s’interroger sur cette vieille et nécessaire relation art/vie – de plus en plus déplacée en dehors du domaine artistique -, mesurer jusqu’à quel point les opérations de nature artistique peuvent influencer l’expérience et la dimension vitale des autres, et contribuer à la matérialisation de l’histoire des subjectivités ou d’une communauté, ” les petites histoires ” dont personne ne se soucie, en dehors de ce que Gabriel Salazar a ironiquement appelé les valeurs supérieures qui articulent politiquement la nation.

Prendre la parole, c’est se placer, même partiellement, au centre de son propre récit. En bref, c’est revaloriser sa propre biographie, non plus seulement comme une chaîne d’événements, d’exclusion et d’infortunes presque prédéterminées, sans aucune capacité de se redéfinir autre que celle de la culpabilité et du jugement de valeur qui vient toujours de l’extérieur, d’un ailleurs qui n’est pas l’expérience particulière de celui qui souffre.

Nous nous sommes posé des questions et nous avons décidé d’expérimenter ensemble, en gardant toujours à l’esprit ce que les femmes de l’intérieur penseraient, ce qu’elles feraient ; comment nous pouvons leur faire profiter de nos actions.

Extrait du journal de bord du projet Ligne de Fuite.

Tout cela est en fait une tentative, aussi sujette à l’échec que tout élan vital issu de l’art. Nous évoluons constamment à la merci de l’échec, de l’indétermination et de la frustration. Parfois même, de l’incohérence de l’impulsion qui en a été la stimulation.

Finalement, malgré nous, nous tournons le dos à la prison, nous continuons notre vie. Nous regardons ailleurs et les laissons là, derrière nous, survivant quotidiennement à l’exclusion, à la privation de leurs proches, entre l’ennui et l’angoisse de cette petite communauté qui lutte pour ne pas se démembrer depuis sa constitution forcée.

Nous sommes là dehors à essayer de réfléchir à ce que cela signifie, à la valeur de ce qui a été fait, de ce que nous avons fait. Avons-nous réussi à nous inscrire dans une des histoires de ces vies ? En est-ce là le but ? Si ce n’était pas ça, alors de quoi s’agit-il ?

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[1] Sergio Rojas, Las Obras y sus Relatos II [Les Œuvres et leurs Récits II, NdT], Editions du Département des Arts Visuels de la Faculté d’Arts de l’Université du Chili, 2009.