Emergencias del Bentos. Explorando el fondo marino del Estrecho de Magallanes

Por Paula López Wood

La zona desde donde emerge el relato que convoca a tres de los artistas de la residencia Resonancias es el maritorio y el fondo marino del Estrecho de Magallanes. Julie Pichavant, Michelle-Marie Letelier y Karen Reumay fueron invitadas junto a Savka Talma y Pablo Delgado, estudiantes de arquitectura de la Universidad de Magallanes (UMAG), al extremo sur del continente americano para trabajar con el revés de esa extensa franja de agua, corredor bioceánico que hace de puente entre el Pacífico y el Atlántico, llamado también por los cronistas de la expedición de Hernando de Magallanes hace cinco siglos atrás como mar del Sur y mar del Norte. 

El primer desafío de este encuentro que generó vértices y flujos entre artistas, científicos y estudiantes fue asumir que los residentes deberían pensar, crear y trabajar colectivamente con aquello que, por el mero hecho de existir bajo el agua, no se suele ver ni narrar. La pregunta inicial que atravesó a la residencia fue ¿cómo representar o vincularnos con lo no visible? 

Para el coordinador de Artes y Culturas de la UMAG, Rafael Cheuquelaf, la razón de nombrar a esta versión de Resonancias como Emergencias del Bentos tuvo que ver con las particularidades ecosistémicas de esta zona de la Patagonia. Allí están los últimos bosques fríos templados del planeta, hay enormes reservas de agua gracias a la presencia de los campos de hielo, bosques de alga únicos en el mundo que producen gran cantidad de oxígeno y nutrientes para el mar. Pero esa riqueza implica también una tensión entre quienes explotan intensivamente el territorio y quienes buscan preservarlo. 

“Quisimos explicar un ámbito con el que estamos relacionados pero sin la conciencia de eso”, sostiene Chequelaf, quien nació y vive en Punta Arenas. “En Magallanes la mayoría de las familias tiene alguna vinculación con el bentos, muchas veces sin saberlo. El rubro que más produce dinero y empleo aquí es la pesca. Todos tenemos como familiar a un pescador, alguien que trabaja en una planta conservera o en un puerto. El arte puede examinar mediante un ángulo distinto un tema que la mayoría del tiempo no pensamos y con el que además sostenemos una mirada muy antropocéntrica. Ese tema fue la vida debajo del agua, nuestra relación con el mar”.

El contacto de los artistas con el bentos –comprendido como las comunidades biológicas que habitan y dependen del sustrato de los fondos de marinos, lagos y ríos para sobrevivir– sería, desde su propia frontera humana, una dinámica de búsqueda para conocer un ámbito que le es ajeno a su experiencia cotidiana. Los residentes y el equipo coordinador de UMAG recorrerían esta franja azul y se sumergerían desde su llegada a la costanera de Punta Arenas, en visitas a los laboratorios de macroalgas del Instituto Antártico Chileno (INACH), al pabellón de colecciones de hidrobiología que conserva el Instituto de la Patagonia desde la década del 70, también sobre la proa del ferry que atravesaría el Estrecho en medio de una tempestad. En cada una de sus conversaciones con pescadores, navegantes, científicos, agentes culturales, activistas y curadores, obtendrían trozos del relato que los ayudaría a formar su propia bitácora y sentido del territorio, una poética del mar austral que implicaría una inmersión igualmente profunda en el bentos magallánico. 

Tal vez más que cualquier otro oficio, el arte ha sabido lidiar con aquello que no resulta evidente a primera vista, con lo que está vedado, con lo que carece de la luz suficiente para contemplar con nitidez los horizontes de lo visible, e incluso, de lo permitido por el medio ambiente para la supervivencia de sus especies. Indagar en los espacios oscuros, pozos profundos, aquellas aguas gélidas y densas que invoca el inframundo acuático de Patagonia, implica conectar con sensibilidades que pocas veces son narradas desde la práctica artística. La residencia acercó a los tres viajeros-artistas al oficio de aquellos buzos y pescadores artesanales de Patagonia austral que debieron sumergirse en los canales circundantes a los glaciares para encontrar el erizo y el ostión, también al navegante canoero cuya sobrevivencia en este laberíntico territorio de agua y selva insondable dependía de su habilidad con el remo y la posibilidad de encontrar recursos para la recolección para su familia. 

Así, los artistas-residentes retoman la tradición del viaje en Patagonia con una nueva perspectiva y se embarcan en una travesía por el Estrecho para recolectar sonidos, texturas, voces, pasajes e historias, aunque ya no como los exploradores del siglo XVI que con valentía y pasión hicieron de Magallanes noticia planetaria, tampoco como los naturalistas del siglo XIX quienes al internarse por estos canales y montañas coronadas por glaciares dieron a conocer y extrajeron –muchas veces sin límites ni conciencia– una cultura que llevarían como trofeo a su país, sin preguntar a los habitantes de ese territorio.

Por eso, lo que siguió a esos viajes de conquista y exploración fueron también tremendas heridas sociales e históricas. Encuentros fatales y varios etnocidios y genocidios que aún siguen doliendo. Es por ello que los viajeros residentes hoy saben que lo central de este viaje es el proceso, la reciprocidad con los organismos que habitan ese bentos y las comunidades locales que los reciben en cada una de sus detenciones. 

“Lo primero que debe hacer una persona que llega a este lugar es escuchar. Ponerse más o menos invisible, descubrirse en silencio, mirar los signos de la naturaleza sin generar ruido, y también, pedir perdón”, sostiene la artista francesa y performer teatral Julie Pichavant. Para ella, quien no conocía Patagonia pero había trabajado el tema del agua con comunidades locales de Colombia, fue fundamental pensar en las implicancias de enfrentar paisajes tan majestuosos. “Aquí la gente se congela ante la belleza del paisaje, se olvida del hielo, del frío del mar, también hay muchos suicidios, tal vez por la falta de luz en invierno o la intensidad histórica. Quizás sea el precio a pagar por todo el sufrimiento, o para que el mar revele sus secretos”, sostiene la artista, quien finalizó su residencia con la lectura dramatizada de un texto que escribió durante el mes de su estadía en Magallanes, en la Facultad de Arquitectura de la UMAG.

El viaje desde Punta Arenas hasta Puerto Williams en el ferry Yaghan dura 32 horas. Los residentes salieron de la protección del puerto de Punta Arenas para adentrarse en los solitarios canales del cabo Brecknock, el canal Balleneros y finalmente, el Beagle. La tempestad que los azotó durante esa noche removió no solo la embarcación, también las creencias y jerarquías que han caracterizado a la gesta de la exploración magallánica. El estrecho es el articulador de un gran desorden geográfico de 30 mil islas, es el canal que une y separa, el mezclador de aguas. En esos diálogos de escucha, de dar cuenta de las relaciones entre quienes viajan, viven y participan de esos trayectos, las relaciones ya no pueden ser verticales sino rizomáticas, como los bosques de alga que danzan bajo la nave que los traslada.  Y para sumergirse poéticamente, es también necesario ponerse en el lugar del otro, incluso del enemigo, del más incomprendido, como lo es hoy el salmón introducido en los canales de Patagonia. 

Michelle-Marie Letelier es artista originaria del valle central de Chile, Rancagua, pero vive en Berlín desde hace casi dos décadas. Su propósito en esta residencia fue traer la obra El hueso, que consiste en un video de realidad virtual donde la voz del protagonista es un salmón representado por un cráneo que yace en un fondo marino rodeado de algas. Michelle-Marie había trabajado previamente con el salmón del hemisferio norte, el cual, a diferencia del que ahora invade las aguas patagónicas, es natural e incluso se venera por las comunidades sami de Noruega.

“Quise abrir la posibilidad de un diálogo ancestral entre el norte y el sur, entre las comundiades sami y yaganes”, sostiene la artista acerca los contrastes que se generaron al dar a conocer la historia de estos salmones parientes, uno silvestre y otro cautivo, que ha provocado una debacle ambiental en el sur de Chile. “Comencé investigando los salmones en Noruega, donde es una especie ancestral, pero como artista chilena siempre quise volver a Patagonia y enfocarme en el salmón que se percibe como especie invasora, enemiga, como herramienta neocolonial”, sostiene la artista.

En el video, el salmón les habla a sus primos cautivos, aquellos introducidos en la región de Magallanes que hoy amenazan el bentos de estas aguas de alta pureza, y los llama a recordar, a no olvidar que en el otro extremo del planeta tienen hermanos que son libres, que incluso han inspirado cantos e historias para las comunidades indígenas. El salmón cautivo es, en el trabajo de Michelle-Marie Letelier, un sacrificio para tomar conciencia de la grave emergencia climática que estamos viviendo. Por eso, los diálogos que generó la residencia con activistas que se resisten a la expansión de la industria salmonera, como la dirigenta kawésqar Leticia Caro y la presidenta de la Convención Constitucional, Elisa Loncón, fueron cruciales para dar cuenta de la lucha con que los habitantes de extremo sur resisten a este nuevo proceso de conquista y extractivismo que hoy padece el territorio. “Trabajar con el fondo marino, pensar en lo que no se ve, lo que está debajo del mar, tiene que ver con el subconsciente, algo muy poético, se trata de reconocernos como especies que venimos desde este un útero marino”, sostiene Michelle-Marie Letelier.

La coréografa, bailarina y psicóloga magallánica Karen Reumay se dedicó a registrar desde la proa del ferry los sonidos que iban surgiendo de este viaje por los canales del estrecho. Reescribiendo el gesto de los naturalistas, documentó en grabaciones y bitácoras las texturas del oleaje, el sonido de ese estrecho que ella ha presenciado desde que era niña, y que sin embargo ahora volvía a observar con otros ojos. Para Karen, su trabajo con la danza implica integrar el amplio espectro de zonas que compone al ser humano: campo físico, mental y emocional. Su obra ha consistido en analizar qué componentes de la naturaleza se asocian al cuerpo, y desde ahí generar una pieza de danza, la que tituló Patagonia elemental

El elemento que abordó en esta residencia fue el agua de Magallanes en su componente emocional, como contenedor o concavidad maternal. Para ella las algas representan a la placenta que protege a todos los organismos que cohabitan en el bentos, “botes o balsas que contienen otras vidas”. Y el estrecho, es esa larga franja de agua protegida de las grandes mareas, corrientes y oleaje que ofrece un oasis de paz al trozo de tierra que se interna en Punta Arenas, donde ella vive, secundado por la furia de dos océanos que luchan por disputarse el final del continente. 

Hay otro cementerio que esta residencia desmanteló durante este trayecto por las aguas australes. La premisa de Julie Pichavant es que para hacer apnea –nombre con el que titula su proyecto artístico– es necesario dejar de respirar. En ese estado de crisis, de supervivencia, la artista se movió en un viaje emotivo e intelectual que implicó reconectarse con las raíces e historia de su abuelo marino mercante, quien viajó desde Francia a Valparaíso, y así enfrentar la pérdida de un antepasado tragado por el mar. Mientras Julie navegaba por los canales rodeados de glaciares, pensó que el bentos de ese fondo marino lo componían no solo los bosques de algas, también gente muerta, todos aquellos que como su abuelo, fueron tragados por el mar. Escuchar las voces de ese bentos, de las frágiles canoas ancestrales yámana que por aquí transitaron mucho antes que el enorme ferry que trasladó a los residentes, el estruendo de los glaciares derrumbándose por el brazo noroeste del canal Beagle, las capas geológicas que evidenciaron el dramático retroceso del hielo, el silencio de un lago que ya no aparece en los mapas porque se ha secado, hizo emerger la metáfora de la apnea propuesta por Julie Pichavant. Dejar de respirar era también un gesto de protesta. “Si seguimos dañando a estos ecosistemas, no podremos respirar más”, enfatiza ella. 

Al final del viaje, los artistas comprenden -en diálogo con los científicos- que así como los organismos que habitan el fondo marino se apoyan y cuidan entre ellos, el humano debe integrarse a esta red trófica de resguardo mutuo. Erika Mutschke es la curadora del pabellón de colecciones biológicas Edmundo Pisano del Instituto de la Patagonia y fue la asesora científica de la residencia. Ella abrió las puertas a los artistas para que conocieran el inmenso archivo de más de 40 mil ejemplares recolectados desde el 1971 a la fecha que guarda la memoria de especies vivas y también extintas de la región de Magallanes y Antártica. Estrellas de mar, corales, mamíferos, murciélagos, huevos, nidos, también pececillos nativos como las “galaxias”, que ya se ven en los ríos de la región producto de la presencia depredadora del salmón. La pregunta que inevitablemente surgía al presenciar este enorme archivo de la naturaleza fue: ¿quién puede dudar aún de la interdependencia entre la Tierra y los seres que la habitan?

En Puerto Williams el equipo desembarcó en el muelle y comenzaron los preparativos para realizar las obras programadas. Michelle-Marie presentó en el Museo Martín Gusinde su obra El hueso a un público que jamás había vivido una obra de realidad virtual. 

Pero la zona de contacto entre los residentes viajeros y la comunidad local también provocó reacciones respecto a las dimensiones que cada uno vive. El frente climático no solo había sacudido los cuerpos y mentes de los residentes durante la navegación por el Beagle, también retrasó la visita programada al Parque Omora y sus entornos de turberas, y el viaje a Villa Ukika con la comunidad yaghán, complicando la convocatoria esperada a cada uno de los encuentros organizados desde hace meses. La naturaleza extrema propia de estas latitudes australes habló con su propio lenguaje, recordando que ella no está al servicio de los deseos forasteros de quien visita este territorio. 

“Los tiempos de las comunidades no son los mismos que podemos tener en las ciudades grandes. Debemos estar abiertos a lo que emerja, ser receptivos de lo que esas personas y la naturaleza nos pueden entregar en su momento. Creo que abrir espacios de residencia en territorios apartados es una hermosa posibilidad de descentralizar el arte”, sostiene Karen Reumay. 

Permanecer en la incomodidad permitió abrir prácticas artísticas que se pensaran como puente, entre el extremo sur y sus habitantes, entre el artista como médium y esas historias obnubiladas por la aparente oscuridad que provocan los bajos fondos del estrecho de Magallanes, y que, sin embargo, emergen.


Paula López Wood se ha especializado en narrar historias sobre los paisajes y habitantes de la Cordillera de los Andes y el extremo sur de América. Actualmente trabaja como editora en Revista Endémico y realiza un doctorado en literatura en la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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