RESONANCIAS: RUIDO NEGRO. SOBRE CÁRCELES Y ENCIERROS – Instituto Francés de Chile

RESONANCIAS: RUIDO NEGRO. SOBRE CÁRCELES Y ENCIERROS

Por Safia, 29 de abril de 2021
RESONANCIAS: RUIDO NEGRO. SOBRE CÁRCELES Y ENCIERROS
al

Foto © Jimena Royo-Letelier

Apuntes en torno al proyecto Líneas de Fuga, de Jimena Royo-Letelier & Jasmina Al-Qaisi

Por Francisco Sanfuentes | Artista visual y sonoro. Académico del Departamento de Artes Visuales de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile

Hemos hablado sobre el ruido de fondo, por ejemplo, que también debería ser de dentro de la cárcel porque envía un meta mensaje sobre cómo suena eso. ¿Cómo es el paisaje sonoro diario cuando uno se ve privado de libertad en la cima de una colina húmeda a menudo fría? 

Fragmento del diario – bitácora del proyecto Línea de Fuga

El Paisaje Sonoro no siempre se tratará de lo que oímos. Su vibración efímera es susceptible de ser registrada, luego escuchada y atesorada en la memoria y los dispositivos. El Paisaje Sonoro también se trata del silencio, de las voces mudas, lo que ha sido callado, silenciado y ahogado en recodos de una precaria intimidad en rincones de exclusión, encierro y padecimiento. Muchas veces el silencio de lo que no ha sido dicho deviene implacable elocuencia. ¿Cómo capturar esos instantes? ¿Acaso se puede registrar, describir el sonido de un paisaje despojado de lo que en esencia lo constituye en este caso?

Los pasillos, los patios, se pueden llenar a veces de risas, palabras triviales que rebotan encajonadas consigo mismas y se superponen entre ellas como tramados para ocultar el mutismo doloroso de la condena e intentar simular un cotidiano indeseado que permite sobrellevar la espera de un tiempo cada vez más brumoso y distante de ser en el mundo.

La niebla sonora del encierro puede ser acaso también un zumbido ensordecedor. Es el ruido negro de los patios. Soterrada entremedio, una voz suave y cariñosa sin pronunciarse tras esa mirada de párpados caídos. Un ahogado bullicio alegre de niños, congelado y sin timbre en la pequeña fotografía familiar que se atesora como rastro de otra vida. La memoria sonora de un débil gemido reprimido en labios apretados, mordidos al cortarse las muñecas para lograr ir a la enfermería un tiempo antes que sufrir el castigo del traslado a otro patio. El sonido imperceptible pero no por ello inexistente de ojos que parpadean como alas, antecediendo un decir deseado y necesario que sin embargo no sucederá y se quedará rebotando consigo mismo en el silencio de lo que tantas veces cuesta pronunciar.

¿Cómo es posible describir la resonancia interna de lo que se quiebra brutalmente en sordina como un continuo despiadado en el cuerpo de una madre privada de sus hijos? Acercándose tan sólo un poco a esto, pues hablamos de una experiencia tan difícil de intentar narrar desde afuera, Murray Schafer, en su texto Nunca vi un sonido, ha dicho que “se inventaron ficciones interesantes para pesar o medir sonidos; alfabetos, escrituras musicales, sonogramas. Pero todos saben que no se puede pesar un susurro o contar las voces de un coro o medir la risa de un niño”.

El Paisaje Sonoro también es lo lejano: en los patios de muros altos de las cárceles no llega el viento refrescante que agita las cosas y los campos de flores revelando sus simples y delicadas sonoridades. La ciudad, las calles, la acústica de la vida que se filtra por las ventanas de las casas de la “vida correcta” allá afuera es pura lejanía. La ciudad es ya casi una abstracción que se va quedando sin fisonomía. Son mujeres que han sido privadas del mundo, de sus pequeñas calles, rincones y tesoros. Sin embargo, lo que ha sido negado a la vista y al tacto aún se puede escuchar, quizás oler.

Ruido Blanco se le ha llamado a ese rumor constante que es la ciudad y que, a veces, sólo a veces, puede llegar a ser la manifestación sonora de su humanidad; otras veces no será más que frío rumor que la da la espalda. El sonido se disipa, se expanden sus ondas al tiempo que se van disolviendo, sin embargo, se puede conjeturar que nunca termina de desaparecer: ¿Acaso será posible creer que se escucha lo lejano? En la implacable contemplación de los muros de la interdicción la ciudad sí se podrá escuchar: el sonido de una tetera hirviendo en el frío, el crepitar de la loza de alguien que lava en un extraño momento de calidez y plenitud, la risa dibujada en los ojitos del pequeño nieto, el murmullo de las risas frente a un televisor como un Paisaje Sonoro imaginado, recordado.

II

En cárceles y espacios de encierro, del lado de “adentro del parche”, ahí donde se supura y sangra entre la precariedad y la negación, también habitan comunidades. El desarraigo y la privación quizás sean el último reducto de lo que alguna vez llamamos “comunidades”, frágiles mundos de cercanía y complicidad ante la atomización promovida por la maquinaria neoliberal fundada en la satisfacción individual y la desconfianza de “lo otro”, de “la otra”. Hay ahí, en el compartir, la misma desdicha de una conciencia, de ese espacio indeterminado de seguridad, de certezas, muchas veces de incertidumbre cotidiana, pero es también un campo afectivo que a veces sólo se puede percibir en el temblor, en la conciencia y complicidad e identificación de algún silencio, en la fragilidad  compartida de no estar ya en el propio mundo sino ante la frontera en su sentido más brutal de límite y negación, viviendo a metros del afilado corte que separa dos territorios, la apertura y el encierro, la ilusión de pertenencia a un todo y el desarraigo y privación de ese todo, el corte entre lo que se debe ocultar porque es “lo otro”, “las otras”.

Foto © Pajarx Entre Púas

La noción de cárcel se asocia históricamente a violencia, a exceso. Cualquier comportamiento asociado a los parámetros de la deshonestidad en muchos sentidos define formas desbordadas de la masculinidad que, si bien son merecedoras del repudio social, son asumidas con cierta familiaridad y como parte de las desviaciones normales de la trama social. Históricamente, aquello no sería lo propio de la mujer y, por tanto, el estigma es doble, la vergüenza social es doble. La historia, cierta historia contada a media voz y apenas escrita va dejando infames relatos a medio traspapelar de mujeres internadas en pseudo instituciones psiquiátricas por el solo hecho de haberse dejado llevar por su ansia de vida o su deseo, desborde que las lógicas del patriarcado definen como doblemente impropio y vergüenza familiar.

La cárcel es un artefacto social concéntrico acotado por marcas y estigmas que se exhiben como hito silenciado y marginado en la ciudad higiénica. Hay cicatrices, algunas ya enquistadas y otras abiertas, y malestares encapsulados en los cuerpos. Hay víctimas cotidianas; todo sigue sucediendo en el territorio de la interdicción social. Hay rastros, a veces sutiles e incomunicables del miedo, la violencia y la pérdida. El sonido de un llanto, de una risa proferida entre muros puede grabarse en las cavernas interiores del oído como la violencia de una luz que quema la retina y persiste sin que podamos medir su desaparición; se extiende como un velo invisible y aparentemente silencioso en los muros que cierran la mirada.

III

Cómo podemos eventualmente ser solo instrumentos que lleven sus voces más allá de la cárcel, siendo gentiles y cuidadosos con su pensamiento y el nivel de confianza que nos han brindado en este tiempo, permitiéndonos estar allí adentro, comunicándonos juntos.

Fragmento del diario-bitácora del proyecto Línea de Fuga

Cito a Sergio Rojas en su texto La Comunidad del relato [1]:

El colectivo de arte no se propone como resultado un saber que permita a un sujeto externo a esa realidad tomar decisiones y movilizar recursos (monetarios, políticos, técnicos) sino que subordina su intervención a los momentos que sirven al reconocimiento y constitución de la propia comunidad como sujeto de su historia. 

Se trata de vehicular el deseo de contar su historia, los propios afanes. Se trata de identidad, e identidad se constituye en el hecho de relatar. Las mujeres en cárcel decidieron describirse a sí mismas, cantar, expresar sus frustraciones, pero también su positividad junto con nosotras. Hemos editado cánticos, voces habladas y cantadas y las hemos arreglado para que se reproduzcan a través del altavoz.

Hay que volver permeables los muros, las rejas; que dejen de encapsular el silencio, que el ruido de la calle sea algo más que una niebla sonora que transcurre y cruza cotidianamente sobre sus cabezas. Establecer vasos comunicantes, fisurar el encierro. Llevar sus voces a la calle es resquebrajar el encierro, voces que en tanto pulsiones corporales son delicadas inflexiones y timbres que como cicatrices han sido moldeados por la vida, cicatrices significantes, palabras que significan cosas como mensajes, anhelos, para no ser olvidadas en su condición de “las otras”. Dejar salir la propia voz, “describirse a sí mismas”. Dejar la voz como un regalo resonando en las calles es echar a andar el poderoso mecanismo de la imaginación, de sentir que se está ahí: su voz, sus resonancias que también son su cuerpo, habitando las calles como si las recorrieran. El ser ahí de la voz como un regalo a la calle es un modo de existir en ella en cuerpo presente. La imaginación siempre será más poderosa: lo que ha sido imaginado se ha vivido, no necesariamente será algo por vivir.

IV

Foto © Pamela Barria

El proyecto Líneas de Fuga de Jimena Royo-Letelier & Jasmina Al-Qaisi, en colaboración con el colectivo feminista anti carcelario Pájarx Entre Púas, se trata de oídos atentos y de escuchar, de dejarse permear por los relatos sin llevar ninguna forma u operación previa de trabajo. Se trata sobre todo de recibir y vehicular esas historias que se agitan en lo oculto. Se trata de lograr constituir un espacio expresivo o de significación que las proyecte más allá de la filosa frontera. Sacar la voz, ser escuchadas, reivindicarse cada una desde los recovecos de su historia, siempre única, preciosa y plena de derechos como la de cualquiera allá afuera. Guardar las palabras de la pena, la rabia y la ilusión cotidiana; es la legitimación del deseo, la captura y visibilidad de esa densidad narrativa lo que finalmente les constituye como comunidad.

Primero participamos en la actuación realizada ante la Corte de Apelaciones de Valparaíso para reunirnos luego del cortejo con el resto de mujeres y organizaciones locales. El viaje fue muy emotivo, ya que las personas se dieron cuenta de que lo que estaban escuchando eran las voces de mujeres encarceladas, creando a veces momentos de silencio y retirándose.

Fragmento del diario-bitácora del proyecto Línea de Fuga

El Paisaje Sonoro ha cambiado. La ciudad ha escuchado lo que no quería escuchar, se ha poblado de voces ausentes, huellas sonoras que son la presencia insoslayable de la ausencia.

Con un pequeño volumen, discreto, caminamos con las voces y grabamos las voces de las mujeres privadas de libertad, encontrando las voces de los pájaros del parque.

Fragmento del diario-bitácora del proyecto Línea de Fuga

Pasear sus voces. Hay mucho de cariño y afecto en esto; salir a caminar con sus palabras hechas cuerpo, ahora fuera del bullicio de la ciudad, dejar que sus palabras dichas se vayan mezclando con los sonidos de la inocencia, imaginarlas de cuerpo presente respirando profundo en lo abierto, caminando sin límites, buscando pedazos de felicidad en la intemperie, formando parte y constituyendo a la vez un nuevo y delicado Paisaje Sonoro.

Quizás ahí no se trataba de que paseantes o transeúntes escucharan, era la precaria materialización del deseo de dejarlas fluir libremente en libertad tal como alguna vez llevamos la foto o un objeto de un ser querido que ha desaparecido a un lugar que dejó marcada su vida, y creer que él o ella está ahí, descansando, respirando el paisaje con nosotros. Luego, registrar esta conjunción de sonidos y esperar llevarla de vuelta a la cárcel para que escuchen sus voces acariciadas por el sonido de los pájaros, sentir en la imaginación sonora el espacio que se mueve alrededor, sonoridades que parecen no tener límites. Llevarlas a caminar unos instantes en un viaje imaginario. Ellas, sus cuerpos, de alguna manera estarán ahí.

Finalmente, después de esta presentación, hemos pedido a las personas que nos escucharon que se acerquen a nosotras y nos dejen un mensaje para las mujeres privadas de libertad (…) La gente se acercó a nosotros con mucho cariño y empatía y nos envió hermosos mensajes que fueron extremadamente cuidadosos y amables. Les han enviado poder para atravesar los momentos difíciles por dentro y les han asegurado que hay apoyo allí donde estamos.

Fragmento del diario-bitácora del proyecto Línea de Fuga

En el movimiento recíproco de la permeabilidad, entre medio de la fisura que ya se ha provocado también hay voces y palabras que comenzarán a invadir el Paisaje Sonoro del encierro. Lo que eran murmullos lejanos en sordina del afuera se comenzará a materializar en patios, rincones de intimidad. Escuchar una voz que viene del mundo que se les ha negado es materializar la resonancia de cuerpos afectuosos, cariños y calidez que tomaron la forma de ondas sonoras reproducidas en la monotonía del nido sombrío que es el interior. Imaginar rostros, imaginar vidas de las que quizás nunca antes se tuvo noticias, ahora en la presencia aérea del sonido como si de viento se tratase. Este gesto es traer a presencia la estima negada de anhelada extrañeza del afuera. No siempre es necesario oír para escuchar: la palabra es capaz de provocar resonancias internas; la palabra escrita, en tanto registro del cuerpo, está también plagada de timbres e inflexiones que como voces inundan la conciencia, acarician la subjetividad, lo que sea que uno sea y habita. La mirada que lee, habla y recita lo que lee, aquello que en el quiebre de la locura desplaza la palabra hacia su autonomía y vuelve la escucha una experiencia aterradora, aquí es la potencia de escuchar sin oír, oler y tocar en medio de las sinuosidades de las palabras trazadas que se van desgranando en la mirada y la conciencia.

V

En el hospital psiquiátrico José Horwitz de Santiago existe un pequeño grupo de pacientes, en su mayor parte esquizofrénicos, que hace años, con el apoyo y afecto del psicólogo Ernesto Bouey, fundaron la Radio Psiquiátrico, ahora Radio Estación Locura (entre múltiples y valiosas iniciativas de radios insertas en instituciones psiquiátricas, menciono ésta pues es la que he conocido de cerca).

Al principio sólo contaban con una grabadora manual de muy baja fidelidad y se reunían en torno a una mesa a hablar, a relatar sus cotidianos, a discutir en torno a las noticias del mundo que les llegaban del otro lado de los muros del encierro físico y/o farmacológico. Alguno tenía un programa de cocina donde enseñaba recetas; Oscar y José dejaban registrar sus a veces confusas voces con poesías que materializaban deseos de mundos posibles, amor por las cosas que constituyen lo que alguna vez quedó del otro lado de la frontera que se impone desde la razón. Nos hablaban sin saber ni tener constancia alguna de si los escucharíamos; esa pequeña grabadora era una pequeña ventana al mundo; sus voces podrían estar llegando a oídos imaginarios bajo la figura de decenas de podcasts que se amontonaban en una página web todos los lunes durante años.

Las ondas sonoras, en su inmaterialidad, cruzan y corroen la compacta firmeza de los muros. ¿Era necesario comprobar que alguien los escuchaba? Quizás si sólo bastaba con imaginarlo, pues el velo que los amortajaba se había roto. Ya no es la escucha de un psiquiatra, psicólogo o terapeuta, es el oído posible de cualquiera, una, un igual, sentirse un igual, sólo una persona que entrega su mundo y perspectiva hecha voz y sonido a otros que desinteresadamente y sin juicios podrán escuchar sus relatos. La oportunidad de relatar de cualquier modo, la articulación de la propia experiencia es volver a situarse en el centro y parte del mundo. Es sanarse y volver a existir y ser parte del afuera.

Observaba los muros desde la calle e imaginaba un constante de ondas invisibles permeando esa implacable altura y solidez de ladrillo. Incluso podía escuchar sin oír por sobre el Ruido Negro que se ahoga sobre sí mismo. Aún ahora, en la lectura de este texto, se puede imaginar las múltiples voces que trazan invisibles el espacio, dispuestas a contarte, a relatarte parte de sus vidas sin esperar nada a cambio, sabiendo que a veces sólo basta con imaginar ser oído.

(…) Estamos facilitando, nos estamos convirtiendo en un medio, parte de una acción colectiva donde trabajamos juntos, somos un cuerpo común y tratamos también de no ignorar nuestras subjetividades, nuestras motivaciones personales para estar juntos en esto.

Fragmento del diario-bitácora del proyecto Línea de Fuga

Líneas de Fuga se trata de aprender de mujeres habitantes del encierro, de dar luces al imperativo de una ética artística, de ese movimiento recíproco que se funda en el deseo de resquebrajar el silencio del encierro: develar, hacer públicas y visibilizar, dar palabra en el mundo a cuerpos que quieren ser olvidados por la mortaja social.

Foto © Jimena Royo-Letelier

¿Qué valor puede tener o merece tener un trabajo así? ¿Qué puede significar esto respecto de la vida y cotidianeidad que ahí se agita? ¿Puede incidir y, si es así, en qué estrato de esa complejidad que es ese territorio o comunidad y las subjetividades que la conforman?

Luego, es necesario preguntarnos por aquella vieja y necesaria relación arte/vida -cada vez más desplazada fuera del campo artístico-, medir hasta qué punto operaciones de naturaleza artística pueden incidir en la experiencia y dimensión vital de otras, de otros, y aportar en la materialización de la historia de las subjetividades o de una comunidad, “las pequeñas historias” que a nadie le importan, fuera de lo que Gabriel Salazar ha llamado con ironía los valores superiores que articulan políticamente la nación.

Sacar la voz es situarse, aunque sea fragmentariamente, en el centro de la propia narración. En suma, revalorizar la propia biografía, ya no sólo como una cadena de acontecimientos, exclusión y desgracias casi predeterminadas, sin ninguna capacidad de resignificación más que desde la culpa y el juicio de valor que siempre incide desde afuera, desde otro lugar que no es la experiencia particular de quien padece. 

Nos hemos hecho preguntas y hemos decidido experimentar juntos siempre teniendo en cuenta qué pensarían, harían las mujeres de adentro; cómo podemos hacer para que se beneficien de nuestras acciones.

Fragmento del diario-bitácora del proyecto Líneas de Fuga

Todo se trata de un intento, tan expuesto al fracaso como cualquier pulsión vital que proviene del arte. Nos movemos constantemente a merced de la falla, la indeterminación y la frustración. A veces, hasta de la inconsecuencia respecto de la pulsión que movilizó todo.

Finalmente, a pesar nuestro, damos la espalda a la cárcel, continuamos con nuestras vidas. Atrás de nosotros que miramos hacia otro lugar quedan ellas, cotidianamente sobreviviendo a la exclusión, privación de sus seres queridos, entre el tedio y la ansiedad de esa pequeña comunidad que lucha por no desmembrase desde su forzada constitución.

Nosotros allá afuera intentando pensar en qué significa, qué valor tiene lo que se hizo, lo que hicimos. ¿Logramos inscribirnos en alguna historia de esas vidas? ¿Se trata de eso? Si no fuera eso, entonces, ¿de qué se trata?

______________________________________________________________________________

 

[1] Sergio Rojas, Las Obras y sus Relatos II, Ediciones Departamento de Artes Visuales Facultad de Artes Universidad de Chile, 2009.